DRAMATIZAMOS LA LECTURA (TEATRO) LECTURA 1
Jóvenes alumnos, esperando que todos estén bien en unión familiar,
siempre practicando los hábitos de salud, no olvidando del cuidado y protección
al máximo. Hoy trabajaremos una nueva actividad que nos ayudará a ejercitar
nuestra mente.
MOTIVACIÓN:
Observa el siguiente video:
https://youtu.be/VrYLpG3dtyQLOS FUGITIVOS
1946
Alejo Carpentier
(cubano)
I
El rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que había un
fuerte olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las moscas que
trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el perro —nunca le habían
llamado sino Perro— estaba cansado. Se revolcó entre las yerbas para desrizarse
el lomo y aflojar los músculos. Muy lejos, los gritos de los de la cuadrilla se
perdían en el atardecer. Seguía oliendo a negro. Tal vez el cimarrón estaba
escondido arriba, en alguna parte, a horcajadas sobre una rama, escuchando con
los ojos. Sin embargo, Perro no pensaba ya en la batida. Había otro olor ahí,
en la tierra vestida de bejuqueras que un próximo roce borraría tal vez para
siempre. Olor a hembra. Olor que Perro se prendía del lomo, retorciéndose patas
arriba, riendo por el colmillo, para llevarlo encima y poder alargar una lengua
demasiado corta hacia el hueco que separaba sus omóplatos.
Las sombras se hacían más húmedas. Perro se volteó, cayendo
sobre sus patas. Las campanas del ingenio, volando despacio, le enderezaron las
orejas. En el valle, la neblina y el humo eran una misma inmovilidad azulosa
sobre la que flotaban, cada vez más siluetadas, una chimenea de ladrillos, un
techo de grandes aleros, la torre de la iglesia, y las luces que parecían encenderse
en el fondo de un lago. Perro tenía hambre. Pero hacia allá olía a hembra. A
veces lo envolvía aún el olor a negro. Pero el olor de su propio celo, llamado
por el olor de otro celo, se imponía a todos los demás. Las patas traseras de
Perro se espigaron, haciéndole alargar el cuello. Su vientre se hundía, al pie
del costillar, en el ritmo de un jadeo corto y ansioso. Las frutas, demasiado
llenas de sol, caían aquí y allá con un ruido mojado, esparciendo, a ras del
suelo, efluvios de pulpas tibias.
Perro se echó a correr hacia el monte, con la cola gacha,
como perseguido por la tralla del mayoral, contrariando su propio sentido de
orientación. Pero olía a hembra. Su hocico seguía una estela sinuosa que a
veces se volvía sobre sí misma, abandonaba el sendero, se intensificaba en las espinas
de un aromo, se perdía en las hojas demasiado agriadas por la fermentación, y
renacía, con inesperada fuerza, sobre un poco de tierra, recién barrida por una
cola. De pronto, Perro se desvió de la pista invisible, del hilo que se torcía
y destorcía, para arrojarse sobre un hurón. Con dos sacudidas que sonaron a
castañuela en un guante, le quebró la columna vertebral, arrojándolo contra un
tronco. Perro se detuvo de súbito, dejando una pata en suspenso. Unos ladridos,
muy lejanos, descendían de la montaña.
No eran los de la jauría del ingenio. El acento era distinto,
mucho más áspero y desgarrado, salido del fondo del gaznate, enronquecido por
fauces potentes. En alguna parte se libraba una batalla de machos que no
llevaban, como Perro, un collar con púas de cobre con una placa numerada. Ante
esas voces desconocidas, mucho más alobonadas que todo lo que hasta entonces
había oído, Perro tuvo miedo. Echó a correr en sentido inverso, hasta que las
plantas se pintaron de luna. Ya no olía a hembra. Olía a negro. Y ahí estaba el
negro, en efecto, con su calzón rayado, boca abajo, dormido. Perro estuvo por
arrojarse sobre él siguiendo una consigna lanzada de madrugada, en medio de un
gran revuelo de látigos, allá donde había calderos y literas de paja. Pero
arriba, no se sabía dónde, proseguía la pelea de los machos. Al lado del
cimarrón quedaban huesos de costillas roídas. Perro se acercó lentamente, con
las orejas desconfiadas, decidido a arrebatar a las hormigas algún sabor de carne.
Además, aquellos otros perros de un ladrar tan feroz lo asustaban. Más valía
permanecer, por ahora, al lado del hombre. Y escuchar. El viento del sur, sin
embargo, acabó por llevarse la amenaza. Perro dio tres vueltas sobre sí mismo y
se ovilló, rendido. Sus patas corrieron un sueño malo. Al alba, Cimarrón le
echó un brazo por encima, con gesto de quien ha dormido mucho con mujeres.
Perro se arrimó a su pecho, buscando calor. Ambos seguían en plena fuga, con
los nervios estremecidos por una misma pesadilla.
Una araña, que había descendido para ver mejor, recogió el
hilo y se perdió en la copa del almendro, cuyas hojas comenzaban a salir de la
noche.
II
Por hábito, Cimarrón y Perro se despertaron cuando sonó
la campana del ingenio. La revelación de que habían dormido juntos, cuerpo con
cuerpo, los enderezó de un salto. Después de adosarse a dos troncos, se miraron
largamente. Perro ofreciéndose a tomar dueño. El negro ansioso de recuperar
alguna amistad. El valle se desperezaba. A la apremiante espadaña, destinada a
los esclavos, respondía ahora, más lento, el bordón armoriado de la capilla,
cuyo verdín se mecía de sombra a sol sobre un fondo de mugidos y de relinchos,
como indulgente aviso a los que dormían en altos lechos de caoba. Las gallos
rondaban a las gallinas para cubrirlas temprano, en espera de que el meñique de
la mayorala se cerciorase de la presencia de huevos aún sin poner. Un pavo real
hacía la rueda sobre la casa-vivienda, encendiéndose con un grito, en cada
vuelta y revuelta. Los caballos del trapiche iniciaban su largo viaje en
redondo. Los esclavos oraban frente a cazuelas llenas de pan con guarapo.
Cimarrón se abrió la bragueta, dejando un reguero de espuma entre las raíces de
una ceiba. Perro alzó la pata sobre un guayabo tierno. Ya asomaban machetazos
en los cortes de caña. Los dogos de la jauría cazadora de negros sacudían sus
cadenas, impacientes por ser sacados al batey.
—¿Te vas conmigo?
—preguntó Cimarrón.
Perro lo siguió dócilmente. Allá abajo había demasiados
látigos, demasiadas cadenas, para quienes regresaban arrepentidos. Ya no olía a
hembra. Pero tampoco olía a negro. Ahora, Perro estaba mucho más atento al olor
a blanco, olor a peligro. Porque el mayoral olía a blanco, a pesar del almidón
planchado de sus guayaberas y del betún acre de sus polainas de piel de cerdo.
Era el mismo olor de las señoritas de la casa, a pesar del perfume que
despedían sus encajes. El olor del cura, a pesar del tufo de cera derretida y
de incienso, que hacía tan desagradable la sombra, tan fresca, sin embargo, de
la capilla. El mismo que llevaba el organista encima, a pesar de que los
fuelles del armonio le hubiesen echado tantos y tantos soplos de fieltro
apolillado. Había que huir ahora del olor a blanco. Perro había cambiado de
bando.
III
En los primeros
días. Perro y Cimarrón echaron de menos la seguridad del condumio. Perro
recordaba los huesos vaciados por cubos, en el batey, al caer la tarde.
Cimarrón añoraba el congrí1 , traído en cubos a los barracones, después del
toque de oración o cuando se guardaban los tambores del domingo. Por ello,
después de dormir demasiado en las mañanas, sin campanas ni patadas, se
habituaron a ponerse a la caza desde el alba. Perro olfateaba una jutía2 oculta
entre las hojas de un cedro; Cimarrón la tumbaba a pedradas. El día en que se
daba con el rastro de un cochino jíbaro, había para horas y horas, hasta que la
bestia, desgarradas las orejas, aturdida por tantos ladridos, pero acometiendo
aún, era acorralada al pie de una peña y derribada a garrotazos. Poco a poco
Perro y Cimarrón olvidaron los tiempos en que habían comido con regularidad. Se
devoraba lo que se agarrara, de una vez, engullendo lo más posible, a sabiendas
de que mañana podría llover y que el agua de arriba correría entre las peñas
para alfombrar mejor el fondo del valle. Por suerte, Perro sabía comer frutas.
Cuando Cimarrón daba con un árbol de mango o de mamey, Perro también se pintaba
el hocico de amarillo o de rojo. Además, como siempre había sido huevero, se
desquitaba, con algún nido de codorniz, de la incomprensible afición del amo
por los langostinos que dormían a contracorriente a la salida del río
subterráneo que se alumbraba de una boca de caracoles petrificados.
Vivían en una
caverna, bien oculta por una cortina de helechos arborescentes. Las
estalactitas lloraban isócronamente, llenando las sombras frías de un ruido de
relojes. Un día Perro comenzó a escarbar al pie de una de las paredes. Pronto
sus dientes sacaron un fémur y unas costillas tan antiguas que ya no tenían
sabor, rompiéndose sobre la lengua con desabrimiento de polvo amasado. Luego
llevó a Cimarrón, que se tallaba un cinto de piel de majá, un cráneo humano. A
pesar de que quedasen en el hoyo restos de alfarería y unos rascadores de
piedra que hubieran podido aprovecharse, Cimarrón, aterrorizado por la
presencia de muertos en su casa, abandonó la caverna esa misma tarde,
mascullando oraciones sin pensar en la lluvia. Ambos durmieron entre raíces y
semillas envueltos en un mismo olor a perro mojado. Al amanecer buscaron una
cueva de techo más bajo, donde el hombre tuvo que entrar a cuatro patas. Allí,
al menos, no había huesos de aquellos que para nada servían, y solo podían
traer ñeques3 y apariciones de cosas malas.
Al no haber
sabido de batidas en mucho tiempo, ambos empezaron a aventurarse hacia el
camino. A veces pasaba un carretero conocido, una beata vestida con el hábito
de Nazareno o un punteador de guitarra, de esos que conocen al patrón de cada
pueblo, a quienes contemplaban, de lejos, en silencio. Era indudable que
Cimarrón esperaba algo. Solía permanecer varias horas, de bruces, entre las
yerbas de Guinea, mirando ese camino poco transitado, que una rana-toro4 podía
medir de un gran salto. Perro se distraía en esas esperas dispersando enjambres
de mariposas blancas, o intentando, a brincos, la imposible caza de un zunzún5
vestido de lentejuelas.
Un día que
Cimarrón esperaba, así, algo que no llegaba, un cascabeleo de cascos lo levantó
sobre las muñecas. Una volanta venía a todo trote, tirada por la jaca torda del
ingenio. De pie sobre las varas, el calesero Gregorio hacía restallar el cuero,
mientras el párroco agitaba la campanilla del viático a sus espaldas. Hacía
tanto tiempo que Perro no se divertía en correr más pronto que los caballos,
que se olvidó al punto de la discreción a que estaba obligado. Bajó la cuesta a
las cuatro patas, espigado, azul bajo el sol, alcanzó el coche y se dio a
ladrar por los corvejones de la jaca, a la derecha, a la izquierda, delante,
pasando y volviendo a pasar, enseñando los dientes al calesero y al sacerdote.
La jaca se abrió a galopar por lo alto, sacudiendo las anteojeras y tirando del
bocado. De pronto, quebró una vara, arrancando el tiro. Luego de aspaventarse
como peleles, el párroco y el calesero se fueron de cabeza contra el
puentecillo de piedra. El polvo se tiñó de sangre.
Cimarrón llegó
corriendo. Blandía un bejuco para azotar a Perro, que ya se arrastraba pidiendo
perdón. Pero el negro detuvo el gesto, sorprendido por la idea de que no todo
era malo en aquel percance. Se apoderó de la estola y de las ropas del cura, de
la chaqueta y de las altas botas del calesero. En bolsillos y bolsillos había
casi cinco duros6. Además, la campanilla de plata. Los ladrones regresaron al
monte. Aquella noche, arropado en la sotana, Cimarrón se dio a soñar con
placeres olvidados. Recordó los quinqués, llenos de insectos muertos, que tan
tarde ardían en las últimas casas del pueblo, allí donde, por dos veces, lo
habían dejado, tras pedir el aguinaldo de Reyes, gastárselo como mejor le
pareciere. El negro, desde luego, había optado por las mujeres.
IV
La primavera
los agarró a los dos al amanecer. Perro despertó con una tirantez insoportable
entre las patas traseras y una mala expresión en los ojos. Jadeaba sin tener
calor, alargando entre los colmillos una lengua que tenía filosas blanduras de
lapa. Cimarrón hablaba solo. Ambos estaban de pésimo genio. Sin pensar en la
caza, fueron temprano hacia el camino. Perro corría desordenadamente, buscando
en vano un olor rastreable. Mataba insectos que siempre lo habían asqueado, por
el placer de destruir, desgranaba espigas entre sus dientes, arrancaba arbustos
tiernos. Acabó de exasperarse cuando un sapo le escupió a los ojos. Cimarrón
esperaba como nunca había esperado.
Pero aquel día
nadie pasó por el camino. Al caer la noche, cuando los primeros murciélagos
volaron como pedradas sobre el campo, Cimarrón echó a andar lentamente hacia el
caserío del ingenio. Perro lo siguió, desafiando la misma tralla y las mismas
cadenas. Se fueron acercando a los barracones por el cauce de la cañada. Ya se
percibía un olor, antaño familiar, de leña quemada, de lejía, de melaza, de
limaduras de cascos de caballo. Debían estarse haciendo las pastas de guayaba,
ya que un interminable dulzor de mermelada era esparcido por el terral. Perro y
Cimarrón seguían acercándose, lado a lado, la cabeza del hombre a la altura de
la cabeza del perro.
De pronto, una
negra de la dotación atravesó el sendero de la herrería. Cimarrón se arrojó
sobre ella, derribándola entre las albahacas. Una ancha mano ahogó los gritos.
Perro avanzó, solo, hasta el lindero del batey. La perra inglesa adquirida por
don Marcial en una exposición de París estaba allí. Hubo un intento de fuga.
Perro le cortó el camino, erizado de la cola a la cabeza. Su olor a macho era
tan envolvente que la inglesa olvidó que la habían bañado, horas antes, con
jabón de Castilla.
Cuando Perro
regresó a la caverna, clareaba. Cimarrón dormía, arrebozado en la sotana del
párroco. Allá abajo, en el río, dos manatíes retozaban entre los juncos,
enturbiando la corriente con sus saltos que abrían nubes de espuma entre los
linos.
V
Cimarrón se hacía cada vez más imprudente. Rondaba ahora
en torno a los caseríos, acechando, a cualquier hora, una lavandera solitaria o
una santera que buscaba culantrillo, retamas o pitahayas7 para algún despojo.
También, desde la noche en que había tenido la audacia de beberse los duros del
capellán en un parador del camino, se hacía ávido de monedas. Más de una vez en
los atajos se había llevado el cinturón de un guajiro, luego de derribarlo de
su caballo y de acallarlo con una estaca. Perro lo acompañaba en esas
correrías, ayudando en lo posible. Sin embargo, se comía peor que antes, y más
que nunca era necesario desquitarse con huevos de codorniz, de gallinuela o de
garza. Además, Cimarrón vivía en un continuo sobresalto. Al menor ladrido de
Perro, echaba mano al machete robado o se trepaba a un árbol.
Pasada la crisis de primavera, Perro se mostraba cada vez
más reacio a acercarse a los pueblos. Había demasiados niños que tiraban
piedras, gente siempre dispuesta a dar patadas y, al oler su proximidad, todos
los perros de los patios lanzaban gritos de guerra. Además, Cimarrón volvía
esas noches con el paso inseguro, y su boca despedía un olor que Perro
detestaba tanto como el del tabaco. Por ello, cuando el amo entraba en una casa
mal alumbrada, Perro lo esperaba a una distancia prudente. Así se fue viviendo
hasta la noche en que Cimarrón se encerró demasiado tiempo en el cuarto de una
mondonguera8. Pronto, la choza fue rodeada por hombres cautelosos, que llevaban
mochas en claro9 . Al poco rato Cimarrón fue sacado a la calle, desnudo, dando
tremendos alaridos. Perro, que acababa de oler al mayoral del ingenio, echó a
correr al monte por la vereda de los cañaverales.
Al día siguiente vio pasar a Cimarrón por el camino.
Estaba cubierto de heridas curadas con sal. Tenía hierros en el cuello y los
tobillos. Y lo conducían cuatro números de la Benemérita de San Fernando, que
le daban un baquetazo a cada dos pasos, tratándolo de ladrón, de borracho y de
malcriado.
VI
Sentado sobre una
cornisa rocosa que dominaba el valle, Perro aullaba a la luna. Una honda
tristeza se apoderaba de él a veces, cuando aquel gran sol frío alcanzaba su
total redondez, poniendo tan desvaídos reflejos sobre las plantas. Se habían
terminado para él las hogueras que solían iluminar la caverna en noches de
lluvia. Ya no conocería el calor del hombre en el invierno que se aproximaba,
ni habría ya quien le quitara el collar de púas de cobre, que tanto le
molestaba para dormir —a pesar de que hubiera heredado la sotana del párroco—.
Cazando sin cesar, se había hecho más tolerante, en cambio, con los seres que
no servían para ser comidos. Dejaba escapar el majá entre las piedras
calientes, sin ladrar siquiera, desde que Cimarrón no estaba ahí para azuzarlo,
con la esperanza de hacerse un cinturón o de recoger manteca para untos.
Además, el olor de las serpientes lo asqueaba; cuando había agarrado alguna por
la cola, era en virtud de esas obligaciones a que todo ser que depende de
alguien se ve constreñido. Tampoco —salvo en casos de hambre extrema— podía
atreverse ya con el cochino jíbaro. Se contentaba ahora con aves de agua,
hurones, ratas y una que otra gallina escapada de los corrales aldeanos. Sin
embargo, el ingenio estaba olvidado. Su campana había perdido todo sentido.
Perro buscaba ahora el amparo de mogotes casi inaccesibles al hombre, viviendo
en un mundo de dragos que el viento mecía con ruidos de albarda nueva, de
orquídeas, de bejucos, lombriz, donde se arrastraban lagartos verdes, de
orejeras blancas, de esos que tan mal saben y, por lo mismo, permanecen donde
están. Había enflaquecido. Sobre sus costillares marcados en hueco, la lana
apresaba guisasos que ya no tenían espinas.
Con los aguinaldos volvió la primavera. Una tarde en que lo
desvelaba un extraño desasosiego, Perro dio nuevamente con aquel misterioso
olor a hembra, tan fuerte, tan penetrante, que había sido la causa primera de
su fuga al monte. También ahora caían ladridos de la montaña. Esta vez Perro
agarró el rastro en firme, recobrándolo luego de pasar un arroyo a nado. Ya no
tenía miedo. Toda la noche siguió la huella, con la nariz pegada al suelo,
largando baba por el canto de la lengua. Al amanecer, el olor llenaba toda una
quebrada. El rastreador estaba frente a una jauría de perros jíbaros. Varios
machos, con perfil de lobos, se apretaban ahí, relucientes los ojos, tensos
sobre sus patas, listos para atacar. Detrás de ellos se cerraba el olor a
hembra. Perro dio un gran salto. Los jíbaros se le echaron encima. Los cuerpos
se encajaron, unos en otros, en un confuso remolino de ladridos. Pero pronto se
oyeron los aullidos abiertos por las púas del collar. Las bocas se llenaban de
sangre. Había orejas desgarradas. Cuando Perro soltó al más viejo, con la
garganta desgajada, los demás retrocedieron, gruñendo de rabia inútil. Perro
corrió entonces al centro del palenque, para librar la última batalla a la
perra gris, de pelo duro, que lo esperaba con los colmillos de fuera. El rastro
moría a la sombra de su vientre.
VII
Los jíbaros cazaban en bandada. Por ello buscaban las
piezas grandes, de más carne y más huesos. Cuando daban con un venado, era
tarea de días. Primero al acoso. Luego, si la bestia lograba salvar una
barranca de un salto, el atajo. Luego, cuando una caverna venía en ayuda de la
presa, el asedio. A pesar de herir y entornar, el animal moría siempre en
dientes de la jauría, que iniciaba la ralea sobre un cuerpo vivo aún,
arrancándole tiras de pelo pardo, y bebiendo una sangre fresca a pesar de su
tibieza, en las arterias del cuello o en las raíces de una oreja arrancada.
Muchos de los jíbaros habían perdido un ojo, sacado por una asta, y todos
estaban cubiertos de cicatrices, mataduras y peladas rojas. En los días del
celo, los perros combatían entre sí, mientras las hembras esperaban, echadas,
con sorprendente indiferencia, el resultado de la lucha. La campana del
ingenio, cuyo diapasón era traído a veces por la brisa, no despertaba en el
perro el menor recuerdo.
Un día los jíbaros agarraron un rastro habitual en
aquellas selvas de bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al
herir. Olía a negro. Cautelosamente, los perros avanzaron por el desfiladero de
los caracoles, donde se alzaba una piedra con cara de muerto. Los hombres
suelen dejar huesos y desperdicios por donde pasan. Pero es mejor cuidarse de
ellos, porque son los animales más peligrosos, por ese andar sobre las patas
traseras que les permite alargar sus gestos con palos y objetos. La jauría
había dejado de ladrar.
De pronto, el hombre apareció. Olía a negro. Unas cadenas
rotas, que le colgaban de las muñecas, ritmaban su paso. Otros eslabones, más
gruesos, sonaban bajo los flecos de su pantalón rayado. Perro reconoció a
Cimarrón.
—¡Perro! —alborozó el negro—. ¡Perro!
Perro se le acercó lentamente. Le olió los pies, aunque
sin dejarse tocar. Daba vueltas en torno a él, moviendo la cola. Cuando era
llamado, huía. Y cuando no era llamado, parecía buscar aquel sonido de voz
humana, que había entendido un poco en otros tiempos, pero que ahora le sonaba tan
raro, tan peligrosamente evocador de obediencias. Al fin, Cimarrón dio un paso,
adelantando una mano blanda hacia su cabeza. Perro lanzó un extraño grito,
mezcla de ladrido sordo y de aullido, y saltó al cuello del negro.
Había recordado, de súbito, una vieja consigna del
mayoral del ingenio, el día que un esclavo huía al monte.
VIII
Como no olía a hembra y los tiempos eran apacibles, los
jíbaros durmieron hasta el hartazgo durante dos días. Arriba, las auras pesaban
sobre las ramas, esperando que la jauría se marchara, sin concluir el trabajo.
Perro y la perra gris se divertían como nunca, jugando con la camisa listada de
Cimarrón. Cada uno halaba por un lado, para probar la solidez de los colmillos.
Cuando se desprendía una costura, ambos rodaban en el polvo. Y volvían a empezar,
con un harapo cada vez más menguado, mirándose a los ojos, las narices casi
juntas. Al fin se dio la orden de partida. Los ladridos se perdieron en lo alto
de las crestas arboladas.
Durante muchos años los monteros evitaron de noche aquel atajo, dañado por huesos y cadenas.

SESIÓN DESARGABLE










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