LA TERTULIA LITERARIA: TEXTO 2
Jóvenes alumnos, esperando que
todos estén bien en unión familiar, siempre practicando los hábitos de salud,
no olvidando del cuidado y protección al máximo. Hoy trabajaremos una nueva
actividad que nos ayudará a ejercitar nuestra mente.
MOTIVACIÓN:
Observa el siguiente video:
https://youtu.be/2Np9MnkBm9g
UN HOMBRE LLAMADO ZIEGLER
1911
HERMANN HESSE
(alemán)
Vivía una vez en la Brauergasse un joven señor llamado
Ziegler. Era uno de esos tipos que diariamente y a todas horas encontramos en
la calle, y cuyo rostro nunca podemos definir bien, porque todos ellos tienen
el mismo rostro: un rostro colectivo. Ziegler era todo y hacía todo lo que
tales personas son y hacen. No era un inepto, pero tampoco un dotado; le
gustaba el dinero y el placer, le encantaba vestir bien y era tan cobarde como
la mayoría de los hombres: su vivir y su hacer se regían menos por impulsos y
aspiraciones que por prohibiciones, por temor al castigo. Tenía unas cuantas
cualidades positivas y era, en fin de cuentas, un hombre sencillamente normal,
para quien la propia persona era algo precioso e importante. Se tenía, como
cada quisque, por una personalidad, cuando en realidad era solo un ejemplar, y
veía en sí, en su propio destino, el ombligo del mundo, al igual que los demás.
Exorcizaba toda la duda, y si los hechos contradecían su ideario, cerraba los
ojos como signo condenatorio.
Como hombre moderno, apreciaba ilimitadamente además del
dinero, una segunda potencia: la ciencia. Jamás sabría decir qué es ciencia; el
nombre le evocaba algo así como la estadística y también un poco la
bacteriología, y sabía bien cuánto dinero y honor dedicaba el estado a la
ciencia. Respetaba particularmente la investigación del cáncer, pues su padre
había muerto de esta enfermedad y Ziegler tenía la esperanza de que la ciencia,
tan altamente desarrollada en los últimos años, no permitiría que él corriese
la misma suerte.
Externamente se caracterizaba Ziegler por su aspiración a
vestir por encima de sus posibilidades, siempre a tono con la moda del año.
Pues las modas de las estaciones y del mes, que sobrepasaban considerablemente
sus medios, las despreciaba lógicamente como ridiculeces. Daba mucha
importancia al carácter, y no tenía empacho, ante sus semejantes y en lugares
seguros, en despotricar contra las leyes y los gobiernos. Me estoy demorando demasiado
en esta descripción. Pero Ziegler era realmente un joven encantador, y su
pérdida fue muy sensible. Pues tuvo un fin prematuro y extraño, que dio al
traste con todos sus planes y sus justificadas esperanzas.
A poco de llegar a nuestra ciudad, se propuso pasar un
domingo placentero. Aún no tenía relaciones y por indecisión aún no había
ingresado a ningún club. Tal vez estuviera ahí su desgracia. No es bueno que el
hombre esté solo.
No podía menos de interesarse por las cosas más nobles de
la ciudad, de las que se informó concienzudamente. Después de mucho pensarlo,
se decidió por el Museo Histórico y el Parque Zoológico. En el museo la entrada
era gratis los domingos por la mañana; el Zoo se podía visitar por la tarde por
un precio módico.
Con su nuevo traje de calle con botones de paño, que le
gustaba mucho, entró Ziegler un domingo en el Museo Histórico. Llevaba su fino
y elegante bastón de paseo, un bastón rectangular, esmaltado en rojo, que le
daba aire y presencia, pero con profundo disgusto por su parte le retiró el
conserje de la entrada de las salas.
En las plantas altas había mucho que ver y el fervoroso
visitante ensalzó para sus adentros la ciencia todopoderosa, que también allí
demostraba su meritoria objetividad, como dedujo Ziegler por las esmeradas
inscripciones de las vitrinas. Viejos chismes, como llaves herrumbrosas, trozos
de collares tomados de cardenillo y cosas semejantes, adquirían con estas
inscripciones un interés sorprendente. Era maravilloso ver a la ciencia
preocuparse de todo aquello, dominarlo todo, describirlo todo… Oh, sí, pronto
la ciencia llegaría a superar el cáncer, y tal vez la misma muerte.
En la segunda sala topó con un armario de luna de tan
excelente factura, que en un minuto escaso pudo controlar su vestido, peinado y
cuello, la raya del pantalón y la posición de la corbata meticulosamente y a
plena satisfacción. Respirando euforia siguió adelante y fijó su atención en
algunos productos de antigua xilografía. Gente habilidosa, aunque en extremo
ingenua, pensó indulgente. Y también contempló y apreció generosamente un viejo
reloj de pared con figurillas de marfil que, al dar las horas, bailaban un
minué. Luego la cosa empezó a aburrirle un poco, bostezaba y sacaba
frecuentemente el reloj de su bolsillo, que bien podía exhibir, pues era de oro
macizo y herencia de su padre.
Comprobó, contrariado, que aún le quedaba mucho tiempo
hasta el mediodía y entró en otra sala que podía suscitar de nuevo su
curiosidad. Contenía objetos de la superstición medieval, libros de magia,
amuletos, galas de brujas y en un rincón todo un taller de alquimia con fragua,
morteros, vasos panzudos, vejigas secas de cerdo, fuelles, etc. Este rincón
estaba acordonado con cordel de lana; un letrero prohibía tocar los objetos.
Pero no se suelen leer tales letreros con mucha atención, y Ziegler se hallaba
completamente solo.
Así tendió indeliberadamente la mano por encima del cordón
y tocó algunos de aquellos extravagantes objetos. De ese Medievo y de sus
grotescas supersticiones ya había oído y leído algo; no podía concebir cómo la
gente podía ocuparse de cosas tan pueriles y que no se prohibiera todo ese
cuento de las brujas y demás zarandajas. A la alquimia, en cambio, podía
disculpársela, pues de ella ha salido algo tan útil como es la química. ¡Dios
mío, pensar que todos estos crisoles y demás cachivaches mágicos acaso fueron
necesarios para que hoy tengamos aspirinas o recipientes de gas comprimido!
Sin darse cuenta tomó en la mano una esferita de color
oscuro algo así como una píldora, una cosa desecada, sin peso; la hizo girar
entre los dedos e iba a colocarla en su sitio, cuando oyó pasos a su espalda.
Ziegler se vio en un aprieto al tener en la mano la esferita, pues naturalmente
había leído el letrero. Por eso cerró la mano, la metió en el bolsillo y salió.
Solo cuando ya caminaba por la calle volvió a acordarse de
la píldora. La sacó y pensó tirarla, pero antes se la acercó a la nariz y la
olió. Tenía un suave aroma a resina, que le hizo gracia, así que volvió a meter
la esferita en el bolsillo.
Entró en un restaurante, pidió de comer, hecho un vistazo a
algunos periódicos, se arregló la corbata y lanzó a los huéspedes miradas, ora
respetuosas, ora presuntuosas, según vistieran. Pero como la comida se hiciera
esperar un rato, el señor Ziegler sacó su píldora alquímica y la olisqueó. La
arañó con la uña del dedo índice y, al fin, se dio a un antojo pueril y se la
llevó a la boca; se le disolvió rápidamente en la boca y no le supo mal, así
que con un sorbo de cerveza se la tragó. Inmediatamente llegó su comida.
Hacia las dos el joven señor se apeó del tranvía, entró en
el vestíbulo del Parque Zoológico y sacó un billete dominical.
Sonriendo amablemente se fue al pabellón de los monos y se
detuvo frente a la gran jaula de los chimpancés. El mono mayor le miró
parpadeando, le saludó afable y con voz profunda pronunció la frase:
—¿Qué tal, querido amigo?
Tremendamente asustado y con un sentimiento de repugnancia,
el visitante se alejó rápidamente, y al caminar oía a sus espaldas al mono que
le insultaba:
—Pues sí que es orgulloso el tío. ¡Pies planos, idiota!
Ziegler se fue enseguida donde los macacos. Estos danzaron
desenfrenadamente y gritaron: «Danos azúcar, compañero»; pero como no tenía
azúcar se enfadaron, le imitaron, le llamaron pobre diablo y le enseñaron los
dientes. Esto no lo toleró; desconcertado y confuso huyó de allí y encaminó sus
pasos hacia los ciervos y corzos de los que esperaba modales finos.
Un espléndido anta estaba junto a las rejas y miró al
visitante. Ziegler quedó consternado. Pues desde que deglutiera la antigua
píldora mágica, entendía el lenguaje de los animales. Y el anta hablaba con los
ojos, dos grandes ojos castaños. Su dulce mirada hablaba de nobleza,
resignación y tristeza, y frente al visitante expresó un auténtico y soberano
desprecio. Para esa mirada dulce, mayestática, según interpretó Ziegler, este
no era otra cosa, con su sombrero y su bastón, su reloj y su traje de domingo,
que un canalla, un ridículo y asqueroso bicho.
Del anta escapó Ziegler a la cabra montés, de esta a la
gamuza, a la llama, al ñu, a los jabalíes y los osos. No fue insultado por
todos ellos, pero sí despreciado. Puso el oído atento y se enteró por sus
conversaciones de lo que pensaban sobre los hombres. Era horrible lo que
pensaban. Particularmente les sorprendía que estos feos, hediondos, indignos
bípedos pudiesen andar libremente con su fachendosa vestimenta.
Oyó a una puma hablar con su cría en un lenguaje lleno de
dignidad y sabiduría, como rara vez se escucha entre hombres. Oyó a una hermosa
pantera expresarse en términos breves, comedidos y aristocráticos sobre el
indeseable visitante dominical. Miró a los ojos del rubio león y supo de la
vastedad y maravilla de la selva, donde no hay jaulas ni hombres. Vio a un
cernícalo posado en la rama seca, triste y orgulloso en su perpetua melancolía,
y vio a los grajos sobrellevar su cautividad con decencia, resignación y humor.
Desconcertado y enajenado de todos sus hábitos mentales,
Ziegler se dirigió, en su desesperación, a los hombres. Buscó una mirada que
entendiera su desolación y angustia, puso oído atento a las conversaciones,
para escuchar algo consolador, comprensible, reconfortante; observó los gestos
de los numerosos visitantes, para encontrar en ellos algo de dignidad,
naturalidad, nobleza, discreta superioridad.
Pero quedó defraudado. Escuchó las voces y las palabras,
observó los movimientos, gestos y miradas, y como ahora lo veía todo como a
través de unos ojos animales, no encontró otra cosa que una sociedad
degenerada, hipócrita, engañosa, deforme, de tipo animaloide, que parecía ser
una mescolanza esnobista de todas las especies animales.
Desesperado, Ziegler caminó errabundo de acá para allá,
profundamente avergonzado de sí mismo. Ya había arrojado entre los arbustos el
bastoncito cuadrangular y los guantes. Pero cuando más tarde lanzó lejos de sí
el sombrero, se quitó las botas, se arrancó la corbata y se apretó sollozando
contra las rejas de la jaula del anta, fue detenido en medio de un gran
escándalo y llevado a un manicomio.










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